Aula – Taller en Derechos Humanos por medio de la Literatura Paraguaya


LA OBRA DE RUBEN BAREIRO SAGUIER Y SU RELACIÓN CON LOS DD.HH.
04/06/2010, 2:39 PM
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Por Víctor-Jacinto Flecha

Rubén Bareiro – Saguier parte de Asunción rumbo a París en septiembre de 1962. Los amigos que lo despedíamos –casi todos compañeros suyos en la Revista ALCOR, fundada por el mismo, años antes- no lo imaginábamos, ni él tampoco, que estábamos asistiendo a un “momentos crucial” en su vida individual y de escritor. Ese instante condensará, años después, el quiebre entre la presencia y la ausencia de su patria. Toda su escritura desde aquél entonces. Será el testimonio del destierro.

Su primer libro de cuentos, OJO POR DIENTE, (Premio Casa de las Américas, 1971) lo produce durante los primeros años de su exilio. Es decir, justo en el tiempo ñeque el arco de la distancia física comenzaba a carcomerle la representación trivial de los hechos cotidianos – eso que llamamos la pequeña historia – para ser suplantada por una cosmovisión de totalidad (en su sentido histórico) de esa realidad negada en su que hacer diario. De esta forma, Bareiro se instala dentro de la corriente de la literatura paraguaya, que desde el exilio – fuera del clima oprimente de la dictadura militar – se aplica a develar las circunstancias trágicas en que vive un pueblo demasiado castigado por su propia historia.

En efecto, para Bareiro – Saguier, la escritura funciona como acto de recuperación de la imagen cotidiana de su tierra que fluidamente amenaza diluirse por el alejamiento. Más bien, podríamos decir, que su escritura es la captación de un mundo de imágenes del pasado, “una forma de rebrotar raíces, ramas, flores, pájaros, cantos”, en fin una atmósfera que vuelve al escritor a través de la producción textual para salvarlo de la soledad y la ausencia.

Entonces el texto – en este caso OJO POR DIENTE – se ubica entre la ausencia real y la aparente presencia (recreación del recuerdo) y juega un rol de mediación entre ambos polos. Pero la palabra trasciende la propia mediación para constituirse – fuera de la dicotomía arriba indicada – en una realidad en ella misma, con contornos precisos. En este universo, material recuperado del negado por la ausencia, es donde una puede intentar descifrar los enigmas del mundo extrañado. Los once cuentos del libro, a pesar de la diversidad temática, no son más que una sola única historia descrita desde distintos ángulos y niveles, adheridos entre sí por el espacio, el tiempo y la violencia. Pero la unidad del mundo recreado y los hilos que hilvanan los relatos sólo son perceptibles cuando se los lee frente a la realidad inmediata de la que el autor los ha recuperado.

 1)      LA VIOLENCIA.

OJO POR DIENTE (1) es un libro de violencia acumulada, casi como si fuera el cuenco donde se juntara la ofuscación de la tierra ausente y la de la expatriación. El exilio es desde ya una furia aplicada al individuo de una vez y para todos los días de su existencia desterrada. Un desgarramiento tenso y contínuo, una “apacible” violencia cotidiana. Y para el paraguayo, el destierro no es más que la continuación, en forma distinta, de una ira presente y sufrida en su propio territorio. Entonces resulta “casi natural” que el texto asuma la virulencia de un contexto, el de la patria y la del exilio.

La violencia aparece en la escritura de Bareiro como algo que invade todo, sin mojones ciertos, con causalidad errática, que no tiene ni comienzo ni final. Sin embargo, el texto contiene algunos elementos que funcionan como claves que pueden permitirnos leer tras la apariencia una cierta causalidad, una realidad oculta tras los pliegues de las palabras.

 2)      APROXIMACIONES A LA VIOLENCIA:

A)      Viento Norte.

El cuento “Viento Norte” funciona como bisagra, como la costura interna del libro, ya que está ubicado justo en el medio del volumen, pero también en los costados. Es un elemento pleno de violencia gratuita, que constantemente aparece y reaparece en el devenir del texto.

 “Al recibir el puntapié, el pichincha lanzó una chillido agudo y de golpe todo cambió. Tereso, que acaba de ingerir un trago, sintió que la mitad de la caña se le volvía amarga en la boca, sus cabellos doing…doing… se pusieron de punta. Por otra parte, Cristoso hizo una mueca de disgusto al tragar y miró al otro lado de través. El bolichero buscaba al perro dando saltitos de boxeador y puñetazos al aire. Tereso tiró un billete arrugado sobre el mostrador y salió sin despedirse. A punto de franquear el umbral, todavía oyó el ruido seco de la bofetada que Don Tito acababa de asestar a su mujer en el trascuarto…” (Pág. 72 – 73)

Nada presagiaba, antes de este fragmento, la llegada del viento norte. Pero bruscamente este se hace presente y la gente lo percibe como una explosión en pleno rostro. Desde este momento los cordones de la furia se trenzarán col las tripas y la apacible cotidianidad se transformará en una violencia incontenible. Y “Tereso, sentía el fuego paseándose por todas partes, en el estómago, en las orejas, en la garganta, en los talones…” (“Viento Norte”), Pág. 77.

Después, todo lo que suceda será la noria ciega de la desgracia. La contabilidad del arrasamiento se hará como si nada extraordinario sucediera.

“…Seis se hirieron nomás…(…)

… y dice que Don Cristaldo, el peluquero, le sacó un pedazo de la oreja a Lacú Noguera con la navaja y le tajeó todo el pescuezo y la cara a tras más; a Don Robú si que le peló bolero…, ahora está preso porque Lacú Noguera es pariente del comisario…” (Pág. 76 – 77)

Que Nachí se cayó en el excusado donde había estado saltando y se hundió hasta el cuello; que Ña Jacinta le tomó parálisis y no puede hablar, “la más grande desgracia, primera vez que se calla…”; que en lo de Don Cuquejo hubo una riña, unas cuantas cabezas rotas, sin importancia; que Don Melitón le había apuñaleado al amante de su esposa y eso que eran buenos amigos;…” “Viento Norte” (Pág. 77)

Y las desgracias, las muertes y los “ocurridos” seguirán un curso normal, “hasta que venga la lluvia…”, “Pacto de sangre”. Y luego toda la transcurrencia durante el viento norte, desaparecerá hasta diluirse simplemente sin dejar rastros ni memorias.

“…De repente empezó a bramar y echar relámpagos por la boca. La tierra se puso a humear y se cubrió de un aroma tibio – vaho de madera, bosta, polvareda, hoja, pasto, insecto – , cuando cayeron las primeras gotas, gordas como puñetazos.

Al día siguiente, Tereso se encasquetó sus sombrero sonriente cantando salió a la calle limpia, que rodaba en corriente verde hacia el río. Nadie se acordaba del viento norte.”  “Viento Norte” (Pág.79)

La violencia funciona dentro del texto con esta misma lógica: la del viento norte. Se instala y desaparece inesperadamente, “… como un ventarrón de odio y fuego que arrasaba los montes, el valle, los ranchos…” “sólo un momentito”, pág.16. Sólo así es compresible el comportamiento de los personajes del libro. De esta manera el padrino – tío, Comandante de un destacamento que va a fusilar a sus sobrinos, no hace absolutamente nada, pudiéndolo, por salvarlo. Entre ambos no existe el odio, al contrario se nota cariño y al parecer, hasta una profunda compresión de que “así nomás tenia que ser”. Los códigos manejados en toda la extensión de “sólo un momentito” hacen de la violencia un hecho natural como comerse una fruta o “bañarse en un tajamar”. O en  “Diente por diente”  los campesinos persiguiendo brutalmente a sus propios conocidos y amigos. “…Todo el mundo puteaba contra Secú, y su primo Tanasio escupió sobre el montón de queresa tirado en el suelo…”, pág.36; también es relatado como un hecho natural.

En todo el libro existe un tipo de violencia “pautada” como una costumbre o prejuicio más del mundo que pone en evidencia el texto. Es aquí donde el eje viento norte/violencia juega una especie de ligazón en lo que uno explica al otro y viceversa en intercambios de correspondencias texto/contexto histórico. Y bien, una hipótesis interesante para hacer plantada es la de la naturalidad de la violencia bien que podría ser una cristalización ideológica de la experiencia histórica de la sociedad paraguaya después de la derrota del Estado Nacional en 1970 por las fuerza de la Triple Alianza que componían Brasil, Argentina y Uruguay.

Después de esta fecha, un largo período de la historia paraguaya está cargado de guerras civiles, asesinatos políticos, y golpes de estado. La imposibilidad de la clase  dominante en transformarse en clase nacional hegemónica dio origen a los enfrentamientos de sus distintos sectores por acaparar el poder como fuente de concesiones, privilegios y enriquecimientos. El sistema caudillista de dominación hizo el resto. Familias enteras envueltas en las espirales de violencias donde la muerte era el pan cotidiano. Esta situación duró hasta bien entrada la década del siglo XX, con la última guerra caudillista entre 1922 y 1923.

 b)     El color.

Pero además, la violencia tiene un código simbólico cromático. El mismo es el resultado de la división de la sociedad paraguaya en colores irreconciliables en el arco- iris letal del espectro político.

 “Desde que nací tengo el color que mi padre y mis abuelos me ataron como un nudo mordido al cuello, a los huesos, a la sangre. Y lo mismo pasa cono mis vecinos. Cada uno tiene su color….”. “Diente por diente” Pág.33

Tras esta apariencia color/enfrentamiento social, estructurada y heredada por cada familia, está la existencia de los dos partidos políticos tradicionales en que se ha dividido la sociedad paraguaya, desde el siglo pasado.

 Desde la conformación de estas dos corrientes políticos en el país (1887), las épocas de hegemonía de ambos resultaron bien diferenciadas: la del partido Nacional Republicano (el partido Colorado) hasta 1904, y la del partido Liberal hasta 1936. Desde esta fecha el poder pasó a manos de los militares y el estado encontró una conformación nacional – militar autoritaria.

 Durante la hegemonía colorada, el régimen era totalmente instrumental y capturado en el sentido que el estado estaba controlado por la misma clase dominante (latifundistas y banqueros). Un simple cotejo de las listas de presidentes y sus respectivos gabinetes comparadas con las de la Sociedad Rural o de presidentes de entidades bancarias revela la identidad casi absoluta entre clase dominante y clase política. Esta directa relación estado/clase propietaria, inhibió la conformación de un estado de relativa autonomía sobre los intereses de las distintas facciones hegemónicas.

El ascenso al poder de una nueva clase política (“los abogados de los inversionistas anglo-argentinos”) en 1904 (comienzo de la hegemonía liberal) reflejó hasta cierto punto el declive económico de la camarilla colorada, perjudicada por las prácticas librecambistas adoptadas en el país. Con el rápido fortalecimiento de las empresas extranjeras, el centro de gravedad de la economía se desplazó de las simples funciones productivas al eje que combina producción, comercialización y exportación.

Pero a pesar de esta “modernización”, el sistema político caudillesco no varió mucho. En esencia, “los partidos” no se diferenciaban entre sí, sino por los colores que cada uno portaba, es decir un elemento exterior cromático: el uno colorado (color rojo), y el otro liberal (azul). Las masas seguían a los colores personificados por los caudillos zonales y regionales. A pesar de que los caudillos nacionales – la clase políticas propiamente dicha – las más de las veces, pugnaban por el gobierno como una lucha por controlar las menguadas finanzas estatales y así poder cumplir con los acreedores de este, uno de un color, otro del contrario, la “imaginaria política” de los mismos era de alguna forma, el cumplimiento de las libertades inscriptas dentro de la Constitución Nacional. Los enfrentamientos armados entre distintos grupos políticos fueron las formas habituales de “hacer política” en el Paraguay y eran conocidos bajo el nombre de “revoluciones” y es en este sentido que se hace mención en el texto y a la vez se lo emparenta con la violencia.

 c)      Color estatal

Dentro del texto encontramos que no sólo los agentes partidarios tienen color sino el estado mismo está impregnado de color. Si los colores de los primeros son conocidos por las masas, el color estatal es totalmente extraño a ellas. El cuento “Salmón y dorado” expone una contraposición interesante en este sentido. En un primer momento la contraposición es entre peces conocido y desconocido; luego en un segundo momento, el pescado desconocido se transforma también en un color. Este será el de las paredes de la dependencia estatal, donde una madre campesina recurre para averiguar sobre el paradero de su hijo desaparecido que participa en una guerilla.

 “… el salmón refulgía centelleante en las paredes, pero la viejecita en su vida había visto es pez, nunca lo había, no le preocupan los muros de la espera, sólo su hijo…” (“Salmón y Dorado” Pág.90)

El hecho de intentar entrevistarse con el ministro, sin ninguna recomendación de algún color que pudiera entrar en contacto con el color estatal, demuestra de por si, que el no conocimiento de éste, supone asimismo la ignorancia de su mecanismo. El poder central estatal es ajeno a ella.

Ella y los demás personajes (“los pobres para lastar nomás estamos”) solo reconocen dos pescados (pakú y dorado) y no el salmón. Si remitimos esta trilogía de pescados a una simbología posible; los dos conocidos a los partidos tradicionales que habíamos hechos mención más arriba. El conocimiento del otro, sólo puede ser desvelado por “iniciados”. En este caso, el curandero – espiritista Popyté. Quien no solo es capaz de reconocer el salmón sino a su alter ego el águila sobre las inscripciones en inglés. Aquí la relación pueblo-color se contrapondría a la ignorada trilogía salmón-estado-águila, como metáfora de un estado extraño a su propia gente y capturado por un poder transnacional. Dentro del contexto histórico, no es secreto para nadie, el apoyo norteamericano a la dictadura paraguaya en su represión campesina-guerrillera. Pero yendo a una perspectiva histórica más profunda, se puede constatar que muchas de las revueltas en el país no tuvieron sus orígenes en la sociedad nacional sino obedecían a intereses exteriores, que financiaban las “revoluciones” para asegurar concesiones empresariales.

Entonces tras la apariencia de gratuidad de la violencia, el texto con el contexto, nos da una posible clave para develar el origen de la violencia que agobia a la comunidad del país. Esta interpretación posible sería el resultado de una recuperación del caos, como una toma de conciencia dolorosa del narrador hecha desde la perspectiva de la ausencia. La eventual pista puede no ser resultado de una búsqueda consiente del autor – no tiene por que serlo – sino trasunto de su profunda impregnación en el magma de su comunidad, agudiza por la visión hipertrófica del exilio. La lucidez extrema del ostracismo empuja a una forma de asumir modalidades del inconsciente colectivo a través de la escritura.

3)      EL ESPACIO

No existe en todo el texto una mención explícita al espacio donde se desarrolla la acción narrativa, sin embargo toda una serie de elementos descriptivos nos ofrecen las pistas para ubicar la misma. Un elemento geográfico recurrente es la presencia del río que en la mayoría de los casos sirve de cinturón a un pueblo típicamente colonial (plaza cuadrada, iglesia, alcaldía, casas de tejas con corredor al frente). El medio rural es pobre, y en él se manifiesta una relación de poder caudillesco íntimamente entrelazados entre clase poseedora, intendente, juez, comisario, y cura párroco, por un lado y por el otro los campesinos pobres. Apreciamos también la presencia de lo religioso a través de la Virgen del Rosario, patrona del lugar. Aún en los cuentos de presumible es pació citadino, como “Ronda Nocturna”, “Salmón y Dorado”, y “La operación”, están presentes, de alguna forma, estos elementos. Todo esto nos hace pensar en el pueblo de Villeta y sus alrededores. “Patricia chica” de Rubén-Saguier y territorio de toda su infancia. Este pueblo está ubicado a 50 kilómetros de la capital Asunción, sobre la ribera del río Paraguay. Antiguo puerto naranjero del país hasta la cuarta década del siglo y unida a Asunción, hasta bien adelantada la década del cincuenta por un servicio de diario de lanchas. Cabecera de una zona de minifundios, tierras desgastadas por el uso desde la época colonial. Pero dejemos que el propio escritor nos ofrezca la imagen de su pueblo natal:

 “Nací en la Villeta del Guarnipitán, un pueblo legendario a orillas del río. (…) Mis primeros recuerdos son los del río, lustral azul, los de otro río aromado olor en las calles, ampliado en la plazoleta inmensa del puerto por donde se embarca la naranja que producía bien se exportaba hacia otros lugares, para mi remotos, en el sur desde donde subía el misterio de mundos, lejanos. De todo ese tiempo sin tiempo pasado en la “Tierra sin mal”, me queda el sabor, el olor de las frutas del patio: guayabas, mandarinas, chirimoyas, yapabas, naranjas, aguacates, guavijus, granadas, pindos, limones, aratikús… el canto de los pájaros inaugurando la mañana, mugidos, relinchos, el ladrido del perro –tan amigo-. Y el trote del caballo zaino, al que después de ordeñar las vacas yo le acercaba su ración de maíz, de alfalfa, de afrecho. ¡Como olvidar el pedazo de viento en que me convertía, camino al río, a donde lo llevaba a nadar hacia el fin de la mañana! Un espeso bosque  de cigarras inundaba el sueño calcinado de siesta. Y cuando el poniente empezaba a apagar su gran incendio, multiplicando por el río del atardecer, comenzaba el espacio inquietante de la noche. Este territorio cuyo centro era el fogón en que se atizaban los cuentos de poras, entierros y pomberos, que luego silbaban, refulgían, trepidaban en las grietas de entresueño. Como a los antepasados guaraníes, la noche me producía incertidumbre, me empapa en miedo y en olor crecido del jazmín nocturno. Hasta que el amanecer me devolvía a mí infancia en el Guarnipitán…” (2)

Esta larga cita, nos permite comparar esta descripción y sus elementos componentes con la atmósfera  general de “OJO POR DIENTE” (3). Ejemplo tomados al azar: “que iban a bañarse en el tajamar o que debían ensillar el caballo para salir a campo. Pero el muchacho intuyó  que se trataba de una cabalgata más larga, en una Zambullida más profunda”. (“Solo un momentito” pág. 15). “son los poras, decían los soldaditos, y habían que amenazarles con duros castigos, (…) para vencer el miedo y a la resistencia a esas rondas endemoniadas” (“Ojo por diente” Pág. 26)… las estrellas que se despedazaban con los golpes de las olas, los ladridos del agua asediaban la arena de la costa. La figura de ambos hombres iba destacándose sobre el amanecer. Cerca de los yuyos, cerca del aromita que embalsamaba la luz rosada, creciendo y creciendo desde el este sobre la corriente del ría” (“Browning 45”). “La calle ya no rodaba hacia el río (…); los pomberos se peleaban en el patio por el agua del aljibe” (“Viento Norte”). “… la fiesta de la Virgen del Rosario, en un Guarnipitán igual al que había visto esta mañana al entrar con el alba en las calles de rocío…” (“Aniversario”). “los jazmines, las estrellas, el mangal, los naranjos del patio (…); unos músculos elásticos recorriendo las calles soleadas, la campiña incendiada bajo el reverbero de fuego. (…); la casona destartalada, cerca del río, donde se le amontona como a bestias en vagón de carga…”. (“La operación”).

            Este mundo invadido por los rasgos que caracterizan al pueblo natal de Bareiro-Saguier, nos permite ver hasta que punto su pueblo Villeta es el coágulo en donde el escritor echa sus anclas para recrear su mundo ausente. “Para mí (…) la escritura es una recuperación plena de mi patria…” ha reclamado en repetidas ocasiones, pero ahora bien, habría que cuestionarse justamente cual es el espacio físico, en su memoria, de esa patria. Si tomamos en conjunto, su obra poética y narrativa, veremos que el clima, paisaje, la textura de global de sus textos, podemos apreciar un aspecto más que significativo, es decir, la recreación del mundo de su infancia, la de su pueblo natal, ese mundo de “Villeta legendaria”, “esos pueblos”, que funcionan como una condensación esencial del espacio mito-fundacional, -en varios escritores latinoamericanos – y que ubican a Bareiro-Saguier en una óptica obsesiva, en una de las corrientes de la literatura latinoamericana, es decir la patria arraigada en la “profundidad de las tripas”, de vasos comunicantes que funcionan como metáforas de un universo que parte de un microcosmos al macrocosmos, en una vidente recuperación necesaria de la memoria. Es decir, escritura salvadora de la sociedad, la nostalgia, del exilio, pero asumiendo profundamente el desafío que todo creador exiliado debe asumir.

4)      EL TIEMPO

La habilidad narrativa, justamente, de Bareiro-Saguier consiste, en que, en todo el libro no existe ningún acontecimiento o fecha que pueda revelar al lector pautas contextuales- y bien que las hay- todo parece permanecer en el limbo neblinoso de un devenir sin tiempo, con recuerdos suspendidos en el aire, como si la memoria se haya perdido pero “sin perderse”, sin embargo existen marcas del tiempo, en los hechos y en la atmósfera de los relatos. Es como sí “la historia real”, fuente de “la historia textual” haya salpicado a ésta con sus agua numenciales. Pueden entonces parecer difícil o “complicado” leer o interpretar B. Saguier, pero es evidente que sus textos funcionan en dos niveles, es decir el de la ficción (que corresponde a su compromiso estético9, y a los avatares de su patria, es decir su compromiso  con su país, con su tierra. De todos modos, es posible ubicar los relatos del narrador entre dos fechas capitales de la historia contemporánea paraguaya: la guerra civil de 1947 (“Sólo un momentito) y el Movimiento guerrillero 1960-61 (“Pacto de sangre”). El primero y el último, respectivamente, de los cuentos del volumen. Ello, como marco esencial de la cronología con rebalses posteriores y sobre todo ese tiempo sin riberas que desde el amanecer de la memoria infantil impregna el relato de manera constante.

La guerra del chaco (1932-1935) fue en cierta medida la muralla de contención a la crisis del sistema de dominación caudillesco-oligárquico, establecido en el país, desde 1870, por un lado y por el otro, la chispa que incendio la pradera para el holocausto de esa estructura. Esta situación trae como resultado directo, las consecuencias que desembocarían en 1936 con la irrupción de los militares en las estructuras del poder, momento clave para el futuro del Paraguay, puesto que será el momento fundacional del “Estado Militar” Vigente hasta hoy día en el Paraguay.

El “ejército en armas” según la “Proclama del ejército Libertador” del 17 de febrero, se constituía en el “portavoz” y el “vehículo” de las transformaciones anheladas por las masas populares. Esta “autoconstitución” de la FF.AA. como ente político y gestos “de la vida de la patria” le daba el “legítimo derecho” de “estatuirse” en nombre del pueblo en poder plebiscitario, constituyente y por ende legislativo.

El poder caudillista – en plena decadencia – dejaría paso entonces al poder militar, y los cambios políticos que se producirían entre 1936-1946, se llevaron a cabo dentro de los amurallados cuarteles ,sin participación de los “caudillos”.

Cambio esencial, son ahora los militares que van a tomar el poder, y “servirse” de los partidos para llevar a cabo sus propios fines. En un primer momento, intentaron gobernar solos entre 1936-1937 para luego buscar la alianza con el partido liberal que era  entonces mayoritario, 1937-1940, para nuevamente, después de la disolución y persecución de éste quedarse solo en el poder. 1940-1946, con algunos apoyos civiles, para posteriormente buscar una alianza con l partido colorado, sin participación muy activa desde 1904.

Era de esperar – dentro de las diferencias existentes – de un “proyecto nacional” elaborado por las FF.AA. que esta situación larvada desde tiempos atrás desembocara en la Guerra Civil de 1947. Diferencias, dentro del ejército mimo y una parte se sublevará contra el poder central de orientación netamente dictatorial. A los rebeldes se sumaron los partidos liberales. Revolucionario Febrerista y Comunista. Pero las fuerzas gubernamentales lograron derrotar a los oponentes, desenlace y definición, entonces, del proceso iniciado en 1936. La derrota de los insurrectos significo el final de una idea de ejército institucionalizado, y el comienzo de un ejército con características claramente partidarias. Es entonces, que la alianza, ejército-partido colorado se molifica pasando éste último a actuar como “agencia civil” del primero, cumpliendo con la triste tarea de delación, propaganda, represión y corrupción del dictador castrense.

Esta violencia, que tan bien refleja Barreiro-Saguier en su cuento “Solo un momentito”, y que es el símbolo o “espejo” de varios años de represión hasta hoy en día, represión “necesaria” del poder central, que traerá como consecuencia el trauma del terror, marcando a sangre y fuego la memoria colectiva del pueblo paraguayo; no es por causalidad entonces que “OJO POR DIENTE” haya sido prohibido en el Paraguay y su autor encarcelado. Todo el libro funciona como acta de acusación de una realidad irrespirable, quizás sólo comparable con lo que sucedió al pueblo español después de la guerra civil.

Bareiro-Saguier así como Roa- Bastos y otros tantos escritores de esta década simbolizarán el dolor y el exilio de un pueblo relegado al olvido y al sufrimiento, esa memoria colectiva va a ser  o tratar de ser recuperada a través de la escritura en acto de compromiso estético-político, y es de esta manera que funciona  “OJO POR DIENTE”

No es de extrañar entonces que Bareiro-Saguier intente captar, y cerrando el arco del tiempo, las últimas resistencias armadas de los partidos opositores contra la dictadura castrense. En 1959, se creó en el exilio la “Unión Nacional Paraguaya”, como resultado de la unidad de acción de los partidos Febreristas y Liberal. Poco tiempo después, sectores juveniles más radicalizados constituirán, el “Movimiento Revolucionario Paraguayo” (M.R.P de 14 de mayo) de carácter armado, y a su vez Partido Comunista organizó y apoyo el “Frente Unido de Liberación Nacional” (FULNA).

Los avatares de la sociedad paraguaya llevarán al escritor al sueño de una sociedad civil – que él conoció-, a la constitución de un deseo colectivo, y en la búsqueda de su pueblo natal que dejó a los 12 años, paraíso perdido, edén, de una vida bucólica, trasplantada en toda su dimensión global al dolor de su pueblo y por lo cual la escritura está empapada de sangre, tierra y sufrimiento.

Por lo tanto, y – es una de las características – de la obra de Bareiro-Saguier, en su escritura será la búsqueda del paraíso perdido, de ese tiempo como metáfora recurrente de un sueño colectivo, y su imperiosa necesidad de dirigirse a su sociedad civil, a su pueblo, el pequeño, (Guarnipitán) y el grande Paraguay, los dos reencontrados consigo mismo, para luchar, salir y recobrar la dignidad frente a las estructuras dictatoriales que hoy y siempre en la vida del autor lo han agobiado

 (1)                Todas Las citas de “OJO POR DIENTE”, corresponden a la edición de Plaza & Janés, Barcelona, 1984

(2)                Entrevista inédita a Rubén Bareiro- Saguier, Archivo del autor

Noción de la muerte en “OJO POR DIENTE” de Rubén Bareiro Saguier.

                                                                            Víctor-jacinto Flecha

En  trabajos anteriores (1) plateamos el nexo entre la condición de exilio del autor de “Ojo por Diente” (2) y la recuperación del universo ausente a través del texto. Es como si la distancia –tanto en el tiempo como en el espacio- cumpliera la función de cedazo de la cotidianidad y sólo  dejara colar el fino polvo de la esencia cultural del cual están impregnados los relatos. En efecto, el libro “Ojo por Diente” devela una trama condensada de la visión del mundo paraguayo y no por que así lo manifieste expresamente – la palabra Paraguay no se menciona nunca-, sino justamente por escapar de los aspectos descriptivos formales y poner en relieve una atmósfera escondida tras los pliegues de una realidad enmascarada. En sí, el libro pareciera ser un texto estructurado con la arcilla de todo el devenir histórico paraguayo. Develador del humus indiferenciado que ha dejado la historia, una esencia subterránea que por la magia de la escritura emerge señalando identidades propias de esta sociedad.

Partiendo de estas premisas, intentaremos un análisis de la noción de la muerte en “Ojo por diente”. En primer término queremos resaltar el hecho mismo de la muerte – personal y colectivo – dentro de un contexto cultural mestizo y en un segundo nivel nos interesa poner de manifiesto la relación de la muerte y los cambios operados en la sociedad paraguaya en el transcurso del tiempo que aparentemente abarca el texto.

Relación vida/muerte. Dos espacios sin conflictos.

En un primer nivel podemos constatar una percepción de la muerte profundamente enraizada en la vida. La muerte deviene como un hecho más y ni siquiera el más importante de la vida cotidiana. Esto se percibe tanto en la visión que tienen los personajes sobre su propia muerte como en la de la colectividad hacia la muerte de sus miembros. Esta noción vida/muerte imbricada atraviesa todas las historias y casi se podría decir que fuera el hálito esencial con que fueron escritas.

 Así, por ejemplo, en el cuento “sólo un momentito”, ante la lectura de la orden de fusilamiento a un grupo de prisioneros en una guerra civil, se evidencia una naturalidad pasmosa frente a un hecho capital.

 “El sub-oficial gubernista les había leído la orden sin alterar la vez, tranquilamente, como comunicándoles que iban a bañarse en el tajamar o que debían ensillar el caballo para salir al campo…”

 La imagen de la muerte está relacionada, entonces, con hechos baladíes de la vida cotidiana campesina. Actividades que inclusive pueden repetirse varias veces en un solo día. Esta noción se ratifica aún más en lo siguiente:

 “Al terminar de leer el papel, el sargento los miró amistosamente. Su vozarrón amable llenó el aire: “A prepararse cada uno solamente… por estos lugares no hay pa´í…” (Sólo un momentito, pág. 16)

 En este párrafo contrasta enormemente la voz amable del oficial y la brutalidad de lo que comunica: la muerte y ni siquiera la presencia consoladora de un pa´í. (sacerdote, en guaraní). Sin embargo la escena descripta no está denotando ninguna aparente violación de una pauta social. Aparece como un hecho sin desgarre.

Pero donde esta evidencia de la naturalidad de la muerte se vuelve más dramática es en el diálogo entre el tío y el sobrino. El primero, caudillo con amplio poder y responsable de la columna gubernista, quien pudiendo salvar de la muerte al segundo, y sin embargo, de que acuerdo con toda una lógica frente a la muerte, no lo hace, y el segundo, alzado en la guerra civil, sabiendo perfectamente que el tío lo puede liberar sin problemas, acepta totalmente la misma lógica. “Nadie muere en la víspera” o “… cuando la muerte llega no hay tu tía”. Es la ley no escrita a no ser en la propia piel, en el propio corazón de cada uno.

 “Así no más tenía que ser…-el hombre se sorprendió reflexionando en voz alta. Su sobrino lo miraba con la misma admiración que cuando hacía bailar a su caballo la polea partidaria…”

 “-Tío, yo tengo mi compañera…”

 -No te preocupes, mi hijo. Mañana me voy hacia el lado de tu casa; le voy a ver en tu nombre. Si necesita algo me ha de encontrar”

El muchacho no dijo nada, dijo una mirada de gratitud en la cara ancha del hombre…”

 “-Que le haces decir a tu mamá? Yo mismo tengo que ir contarle.

 -Y…nada… más que memoria. Que cuide de mi hijo; no va a tener padre, pero ha de tener dos madres…”

“- Tu papá hubiera estado contento. Su semilla no va morir”. (Sólo un Momentito, pág. 19)

Esta escena muestra de manera elocuente toda una concepción de la muerte y quizás porque es una traducción directa del guaraní. Aquí la muerte es aceptada y asumida por todos, desde el tío hasta la madre pasando por la compañera del muchacho. El primero ordenará el fusilamiento y llevará sin ninguna contradicción esta noticia a su hermana, madre del muchacho e inclusive se ofrece a ayudar o hacerse cargo del niño que nacerá huérfano. En ningún momento se manifiesta odio o rencor, al contrario, pareciera existir cariño y respeto como si cada uno debiera cumplir un rol preestablecido.

Pero no sólo los otros aceptan esta lógica sino también la victima, quien ante la angustia del inminente tránsito se autoconvence apoyado en mitos internalizados que expresan el fatalismo.

 “Pero el tío tenía razón: el último San Juan, al levantarse, no había visto su cara en el espejo”

La auto persuasión a la que recurre el muchacho es el fatídico anuncio que hace San Juan en su día a los creyentes. En efecto, dentro de la cultura mestiza paraguaya la festividad de San Juan desnuda todo el sincretismo que existe en ella. Es la fiesta cristiana con mayor entrelazamiento con toda la cultura guaraní. Fiesta del amor, del fuego y de la muerte, es decir que aúna en sí dos caras de un mismo fenómeno: vida/muerte entrelazadas. Esto se manifiesta en una pluralidad de practicas y una de ellas es precisamente no ver reflejado el rostro en el agua del estanque o en un espejo; es la premonición segura de la muerte antes del año. Por la fuerza que tiene el mito dentro del alma colectiva paraguaya se vuelve muy comprensible la pasividad con que el muchacho acepta su propia muerte, aunque esto sólo sea una forma de manifestarse otra cultura más profunda, la guaraní subyacente, como veremos más adelante.

Otro aspecto dentro del texto es que la muerte nunca es nombrada por su nombre, sino con el de “desgracia”. En el cuento “Viento Norte”, que en cierto aspecto es una condensación de la violencia, una especie de tornado que aparece y desaparece dejando tras su paso un tendal de hechos, se visualiza este fenómeno.

“Al día siguiente, la churera le contó el resultado de la trifulca en el baile. “Dos se desgraciaron (subrayado nuestro), seis se hirieron nomás…”

Al mismo tiempo la desgracia aparece como un elemento constitutivo de la masculinidad. No existe absolutamente ningún complejo de culpa en quienes la cometen.

“…a mi no me gusta la sangre de cristiano, pero más de una vez, en la guerra o en alguna farra, me ocurrió participar en una desgracia; eso le pasa a los hombres, es ley de machos…” (Diente por Diente, pág.38).

 “Como cuando ella iba a visitarlo al corralón donde él paso dos años por aquella “desgracia”, durante el baile en la escuela. Conste que no había sido culpa suya; el otro le agredió porque no le gustaba el color de su pañuelo y porque la caña dijo el resto.” (Ojo por Ojo, pág.84)

El no nombramiento de la muerte por si misma por un apelativo y que a su vez ésta esté relacionada con la masculinidad pudiera bien no ser otra cosa que la puesta en evidencia de una “cultura política” o una forma de “hacer política” que se manifiesta sólo a través de la violencia y de la muerte. En otro articulo (1) hacíamos mención del color y la violencia, es decir el enfrentamiento cotidiano, que se dio en una determinada época histórica en el Paraguay, de los miembros de dos partidos tradicionales que tenían sus respectivos colores. En este sentido la muerte también era un acontecer cotidiano y el ejercicio de la política “cosa de hombres”.

Pero no sólo los vivos tienen una noción “natural” y cotidiana de la muerte sino los propios muertos están todavía latentes en la vida. El personaje de Pacto de Sangre, supuestamente en su estado natural, sin descomposición, quien narra la historia. Algo parecido sucede también “Ojo por Ojo”. En ambos cuentos los personajes, desde debajo de la tierra, esperan… la lluvia bienhechora, metáfora, quizás, de un elemento que el texto no pone de manifiesto pero que bien pudiera traducir elementos substanciales del contexto cultural paraguayo. Volveremos sobre ello.

 Nacer/morir

En un segundo nivel de análisis la muerte es como la recuperación del punto de partida de la vida. Existe una relación estrecha, en el espacio, entre nacer y morir.

En el cuento “Aniversario”, el relato se inicia ya desde el tránsito a la muerte. El personaje llega al pueblo sin otro norte que el azar desmemoriado para encontrarse con un hijo desconocido – única semilla en su largo camino de viandante- pero también con la muerte. Como si el ciclo de la vida no fuera más que retornar sobre sus pasos.

Hace unos días no tenía ninguna noticia de este hombre fuerte, moreno, que ocupa la cabecera de enfrente; este hombre que, sin embargo, se parece en muchas cosas a la imagen que yo solía ver diariamente en los espejos de hace 20 o 30 años. Porque desde entonces he cambiado bastante aunque no he engordado – el mucho camino, seguramente-(…)

“Así, con mi guitarra cantando de noche en noche y de pueblo en pueblo. Pero a éste hacía mucho tiempo que no llegaba, años sin parar desde la última vez en que estuve para los festejos la Santa Patrona del Rosario y que canté varias noches seguidas en la plazoleta del mercado. No me acordaba muy bien del pueblo; aquí llegué otra vez porque estaba en mi camino, porque sí, como el viento que arriba y se va y se arrima de nuevo, aunque empiezo a creer que por algo más…” (“Aniversario”, pág. 99/100)

El protagonista empieza a tener la intuición de que sus pasos, al encaminarlo hacía ese pueblo no era otra cosa que cumplir con su destino. Esta intuición se volverá certeza cuando él comienza a rememorar la imagen de su amante por unos días, madre del hijo que hogaño está en la cabecera de enfrente. Es como si esta recuperación, la de la memoria de su amante –muerta –  fuera a su vez la certidumbre de su propia muerte.

 “Ya está, levanto mi copa repleta, mihijomemira, ojosmemiran,sehace un silencio, crecrece, meahoga, no puedomás, habloalfín: “Por mi hijo José Rosario y sus treinta. Por doña Damiana, su madre y…” Ya está, vuelta de llave; abierto el silencio espeso, nadie dice mu, manos en alto, copas alzadas (…) “… un hasta verte Cristo mío por eso santa…” Bebo hasta el fondo del gran vaso oscuro; siento la sal de una gora que bajando por la mejilla llega a mis labios y se mezcla con el gusto del vino” (“Aniversario”, pág.104)

Otro ejemplo del mismo tenor constituye el cuento “Pacto de Sangre”. También aquí el protagonista (un guerrillero), esta vez relatando desde la muerte, intuyendo oscuramente su fín, fuerza al destino para retornar al mismo lugar desde donde partió, como si necesitara reecontrarse con sus raíces, consigo mismo para hallar la muerte.

“Vine aquí y me llené de ausencias; vine y me ensucié con recuerdos. Me embadurné de muertos (…)

“Digo mi gente, la más mía (…) la que me vió nacer, jugar, crecer, la que me conoció como “el hijo de don Rivero” y luego se apresuró a llamarme “el Doctor”, y que ahora contempla con asombro mi inusitado regreso”

“Vine y no hice sino convivir con mis propios fantasmas, como se toma un tren que lleva hacia la soledad infinita, infinitamente poblada; entonces comprendí que éste era el camino definitivo, la única salida, o simplemente, la salida”. (“Pacto de Sangre”, pág. 115, 116, 120)

 Una especie de llamado de la tierra. Una profunda urgencia de devolver los huesos al mismo lugar desde donde surgió como semilla. Recuperar el espacio físico no solo significa reganar una geografía sino que ésta funciona como intermediaria para la recuperación de la memoria y obtenida la misma se gana la muerte.

 Ahora bien, esta visión particular de la noción de la muerte entrelazada profundamente a la vida que casi es imposible hablar de ella sin que esté presente la otra, como si fuera un mismo fenómeno con dos caras distintas vividas cotidianamente, necesita un explicación que habría que buscarla inexorablemente fuera del texto. Ello nos obliga a remitirnos al contexto cultural implícito en toda la obra.

El libro pone en evidencia una cultural mestiza donde encontramos elementos superpuestos y entrelazados de la religión cristiana con la de los guaraníes. Sin embargo, esta noción de vida/muerte como espacio sin conflictos tiene mucho más que ver con las creencias guaraníes.

Según la religión guaraní uno puede llegar a la tierra sin males –yvy maräne’y – vivo o muerto. Acceder a ella es adquirir la inmortalidad. Pero este traspaso sólo se logra con la perfección. La tierra sin males se halla en algún lugar físico de este mundo.

De allí que no existe una separación neta entre la vida y la muerte. Son dominios comunicantes que se relacionan permanentemente entre sí. Esto pudiera explicar la falta de conflictos entre los espacios vida y muerte que el texto pone en evidencia.

Pero aún hay más. El nacimiento está profundamente ligado a la tierra. El que nace es recibido por la tierra antes que otro ser humano lo que toque. Es decir el niño se tumba literalmente en la tierra. Y es en la tierra, donde se deposita al muerto en la misma forma acuclillada como nació. Para que éste pueda acceder a la inmortalidad es necesario que sus huesos no se transformen en tierra. Los guaraníes desenterraban, después de algún los huesos de sus muertos para que éste pudiera, “después que este tiempo desaparezca y otro despunte”, ingresar a la tierra sin males, resucitando a través de los mismos insuflados de palabra divina.

De ello pudiéramos inferir que la búsqueda de la geografía que lo vio nacer es como una búsqueda y una seguridad, a la vez, de retorno a la vida.

 1. La muerte y el sistema socio-político

 En este apartado queremos relacionar realidad socio-política y realidad textual con el propósito de inferir lo que la muerte pudiera tener como significado en el comportamiento de los agentes encargados de ejecutarla.

A pesar de que el libro no existe ninguna fecha y que ningún acontecimiento revele el contexto histórico se ven, sin embargo, marcas de la costumbre política que, a “grosso modo”, pueden servirnos de pistas para ubicar el contexto histórico del que emerge: La Guerra civil de 1947 (“Sólo un Momentito”) y el movimiento guerrillero (1960-1961)(“Pacto de Sangre”). Dos hechos capitales de la historia contemporánea paraguaya. Al ubicar estos dos cuentos, (el primero y el último respectivamente del volúmen) en este contexto y al tomar los elementos de la forma de dominación política que en ellos se manifiestan, podemos hacer una interpretación de la muerte y el fín de un sistema político. La bisagra que uniría estos cuentos sería “Diente por diente”. Analicemos más de cerca esta trilogía.

En una comunicación oral (Maison d’Amerique Latine, Paris, febrero 1987), Jean Andreu, conocido académico, especialista de literatura latinoamericana, hacía el análisis de “Diente por Diente” señalando los siguientes aspectos:

 1.- El comportamiento de un pueblo de estructura cerrada, aíslado por falta de comunicación, donde el poder central del estado no imponía mayormente su lógica. La relación aldea – poder central se daba de manera muy discontinúa.

2.- El cambio visceral que traen consigo intervenciones externas a la propia costumbre habitual. Por un lado la presencia guerrillera, que a pesar de estar constituida por gentes de la cercanía no deja de ser extraña y, por el otro, la del estado, a través de sus agentes.

Planteado esto, veamos ahora el comportamiento político y sus cambios en los tres cuentos. En “Sólo un momentito” encontramos que existe una relación cercana entre las víctimas y sus victimarios. Así, con mayor fuerza – independientemente de su parentesco – entre el jefe de las fuerzas represoras, que además es un civil, y el muchacho a ser fusilado. Recordemos que existe una lógica común, pautada e internalizada, por ambas partes.

 “De repente reconoció la figura chapetona, maciza, moviéndose entre los hombre que acaban de llegar al puesto (…) Lo veía venir desde lejos en la memoria, caracolenado en su doradillo lustroso, a veces él – muchacho – en la delantera de la montura, lleno de orgullo; los gritos del jinete seguían la cadencia alegre de la música y él, el relumbrón de las botas domingueras (…)

“- Donde caíste mi hijo …? – La voz era la misma que cuando la bendición. Con un ligero movimiento de cabeza el hombre indicó la izquierda y ambos se apartaron varios metros del grupo de prisioneros, en la dirección opuesta a la que había tomado la patrulla a su mando.

– Ayer, en la entrada de Cañada Candil; queríamos llegar a Angostura para cruzar el río a nado…”

Se  hizo un hoyo de silencio. El hombre veía al niño montado en su hombro, riendo feliz; oía el llanto del adolescente cuando la muerte del padre, en la anterior revolución. Esa era otra historia, su cuñado hubiera podido matarlo a él. Cuando hay revolución, cada uno defiende su color, cuando la muerte viene no hay tu tía”. (Sólo un momentito”)

Esta visión de la muerte y la práctica del poder, en la que están imbricados, implican una relación cercana, el mismo mundo; es similar a lo que cuenta el personaje de “Diente por diente”, antes de la intervención externa.

“Ya hay bastante pobreza en este valle como para seguir haciendo caso a los que vienen de la capilla a decirnos que nuestro vecino es nuestro enemigo y que hay que matarle porque el color de su familia no es el del gobierno(…)

“Usted sabe, señor, aquí en este valle siempre hemos sido bastante amigos; a mí no me persiguieron mayoirmente cuando mandaba el otro partido, o bueno fue soncera lo que me hicieron. Así también nosotros respetamos a nuestros semejantes que no son nuestros correligionarios” (“Diente por diente”).

 Anotadas estas similitudes del mundo relatado, veamos ahora la relación existente entre “Pacto de Sangre” y “Diente por Diente”, ambos tienen como sustrato la experiencia guerrillera, uno relatado por un lugareño y el otro, por un guerrillero.

“Vine y comprobé que todo era distinto, que había pasado una eternidad desde que la violencia nos echó de estos sitios, desde que el odio execró el apellido de mi abuelo de larga barba” (…)

“Creíamos contar con el apoyo de los campesinos. Les hablemos de reforma agraria, de seguridad en la colocación de sus productos, de libertad, de justicia social. Cuando era conveniente invocábamos el nombre de mi padre, sus luchas por ellos, la ayuda que siempre había dispensado a los desheredados” (…)

“Pese a todo esto (…) nos encontramos con la confianza de la gente, nos ayudaban más por miedo que por aceptación de nuestra prédica (…) La desconfianza se convirtió en hostilidad cuando comenzaron las primeras represalias de las tropas gubernistas contra los campesinos que nos habían prestado algún apoyo”. (“Pacto de Sangre”)

Este cuento, relatado en primera persona, es el único en que el personaje tiene clara conciencia del cambio, ya que la nueva situación no le permite ganar adeptos a pesar de haber sido hijo de un caudillo de la zona y él, en el pasado, había compartido también con su padre la “lealtad” de los lugareños. Ahora, en cambio, ni su apellido, ni la memoria de su padre, ni su imagen de “el Doctor” pueden borrar la desconfianza hacia él de los campesinos del lugar. Nadie lo reconoce políticamente. Son otros los patrones y la práctica del ejercicio del poder. La prédica aceptada ya no es la del caudillo local sino la de un ministro.

“Al principio creímos que eran evangelios (…) Pero ésos siempre son gringos y éstos hablaban en guaraní puro, como el que más; eran de los nuestros (…)

“…Y hablaban lindo; era verdad lo que nos decían para mostrarnos como vivíamos aquí perdidos y olvidados de los Karaí, de los señores que sólo se acuerdan de nosotros cuando hay elecciones (…); Pero, usted sabe, parece que todo era para jodernos, al menos eso dijo el Señor Ministro.

El ministro no es un cualquiera, es un Jefe, un jefe grande del Partido y él vino a hablarnos, a nosotros, pobres campesinos. Nosotros no somos nadie, y sin embargo, él vino, personalmente, a explicarnos quiénes eran los montoneros…” (“Diente por Diente”).

 A pesar de que “hablaban guaraní puro” y “eran de los nuestros” y que era “verdad lo que nos decían” bastó la llegada del ministro para convencerlos de todo lo contrario, e inclusive ponerlos a combatirlos. Existe una gran diferencia entre antaño, en que no hacían “caso a los que venían de la capilla a decirnos que nuestro vecino es nuestro enemigo y que hay que matarle” y el hogaño, en que “el ministro no es un cualquiera, es un jefe, un jefe grande del Partido”

Aún así, existen en el texto elementos culturales no cambiados. La repugnancia de los campesinos a fusilar impunemente a la gente que de alguna forma son de su “valle”. Es decir a una práctica distinta de la prédica externa, se convierte en un “matador” de guerrilleros para luego volverse loco, nos muestra que los cambios tienen límites. Violar más allá de lo permisible la costumbre atávica tiene su precio: el desvarío mental. “Ya ve usted, señor, las cosas se pagan.”

Si contrastamos estos cambios anotados del texto con el contexto histórico podemos hallar los elementos necesarios como para alimentar nuestra hipótesis de que Ojo por Diente tiene también un significado de la muerte en el plano socio-político.

 La sociedad paraguaya conoció durante y después de la guerra civil de 1947 cambios cualitativos políticos emanados desde una violencia nunca, antes, conocida. En esta guerra se enfrentaron una gran parte del ejército, que reivindicaba una salida democrática, con un pequeño sector del mismo ejército secundado por una enorme masa civil fanatizada por el partido colorado, todavía gobernante en nuestros días. El hecho de que el jefe de la represión haya sido un civil en “sólo un momentito” está evidenciando la preeminencia caudillista en el ejercicio del poder político paraguayo. Esta situación cambiará radicalmente después de la toma del poder – golpe de estado de por medio – del Gral. Alfredo Stroessner en 1954. El ejército tomará todos los resortes del poder estatal y el partido colorado se transformará en una agencia de “consensus” de ese poder. Al perder el partido colorado el poder real los caudillos tradicionales políticos se consumieron. La modernización dirá el resto.

Es por ello que la guerrilla de 1960/1961, que tuvo dos vertientes, uno organizado por sectores disidentes de partidos tradicionales y el otro, por el Partido Comunista, se enfrenta con una organización del estado totalmente diferente al de 1947. Por el tenor del cuento “Pacto de Sangre”, se supone que los guerrilleros corresponden al movimiento de los sectores disidentes de los partidos tradicionales. El hecho de que le personaje haya pensado que su apellido podría por si solo constituir una garantía para el éxito de la lucha está abonando esta idea.

En “Pacto de Sangre” el ministro civil, jefe de partido, no es más que intermediario para buscar convencer a los campesinos a ayudar al ejército. La utilización de “voluntarios” para el ajusticiamientos de prisioneros se supone que no es otra cosa que hacerlos cómplices del sistema. Aquí, a diferencia de “Sólo un momentito”, el jefe de la represión es un – funcionario policial. No existe ningún ejemplo en el texto – tampoco en la realidad histórica –  de que fueran caudillos zonales o civiles quienes dirigieran la represión. El estado autoritario militar centralizado representa y es el poder. Se da una perfecta coincidencia entre la geografía del poder estatal y la geografía nacional. No existe ningún poder fuera de ello. El sistema caudillista, vigente anteriormente en una fina hilación de repartición del poder entre caudillos locales y nacionales, había desaparecido para dejar lugar a un solo poder como único gestor político a nivel nacional.

Como se puede ver, el contexto socio-político ha cambiado y el agente de la muerte trocó de signo. El fanatismo sigue siendo lo mismo pero el encargado de realizar el destino se despersonaliza. En el primero de los cuentos, el cariño con que se realiza el hecho – exarcebado por la relación familiar es una pauta cultural asumida, mientras que en el segundo caso existe una trivialización del hecho capital – la muerte – no por sus consecuencias sino porque la relación entre el verdugo y la víctima es anónima y pasa por una institución represiva con funciones específicas.

Retomando estas circunstancias tanto en el plano individual como social, la relación que existe entre una escritura y la situación de la sociedad, podemos constatar la transformación de la sociedad paraguaya que de una estructura de cierto paternalismo – que no excluye la crueldad- pasa a la tecnificación represiva, al anonimato despersonalizado, resultado de la afirmación de una dictadura militar que llega hasta nuestros días. En este sentido es que podemos decir que en Ojo por Diente  es posible detectar dos imágenes de la muerte. Por un lado la visión de la muerte individual dentro del contexto cultural de la comunidad mestiza. Por el otro la significación de la muerte referida a la organización social. En este terreno, se puede hablar de la muerte de un sistema, paternalista, y su reemplazo por una estructura militar autoritaria, que opera con los recursos de una técnica moderna y despersonalizada, indiferente; la relación de poder – de muerte – paternalista, con rostro y hasta con calor, se convierte en una instancia fría, oculta y distante, no hay apelación posible. Los patrones culturales aceptados de una relación en la muerte se diluyen en un esquema ajeno a la tradición ancestral.

Por último, quisiéramos plantear una percepción, en tanto lector paraguayo, que nos estuvo rondando en la cabeza, como un fantasma oscurecido y perentorio, durante todo el tiempo de la elaboración de este artículo: la relación texto- contexto/ narrador y su propia visión de la muerte.

Hemos recordado, al iniciar el artículo, el nexo relacional entre condición de exilio del autor y recuperación de una realidad ausente a través del texto. Si el exilio significa, para el narrador un extrañamiento visceral, interdicción absoluta al retorno, a no ser al precio de la prisión o de la muerte, “Ojo por Diente”, como rescate de la realidad ausente, puede significar también la seguridad, del escritos, de arribar a la tierra madre sin males – yvy maräé`^y – de los guaranies. Al final de cuentas, la posibilidad del autor de develar el alma de su colectividad, porque él sigue inmerso en ella, en tanto portador de valores que pone en evidencias. Vida/Muerte son espacios que siempre tocan y donde uno, si lo merece, siempre revive. Revive en la palabra, símbolo de los huesos que lleva consigo, es decir del poder de resurrección según la tradición guaraní.

Ara kañy rire, ara pyau                                  Después que este tiempo

Remove                                                         desaparezca

Cheé, yvyra´ik´âgâ amoñe´ery                       y otro tiempo despunte

Jevy va´erâ                                                     vuelverá a vivir por estos huesos

 (Himno guaraní de los muertos)3

El texto, mundo creado en y por la palabra, puede también ser el hueso por donde comience a despuntar el alba de un nuevo tiempo. Con razón la dictadura de Alfredo Stroessner ha prohibido la circulación la circulación de Ojo por diente en el país y solo pudo ser editado en Asunción, después de caída.

Notas

  1. Victor-jacinto Flecha. “Texto y Contexto en Ojo por diente de Ruben Bareiro Saguier…París,  Palinure, Nº 2, dic. 1986.,

“La violencia como recuperación totalizadora del Paraguay desde el exilio” Revista del PEN CLUB, Nº 14, Diciembre 2007.

  1. Ruben Bareiro Saguier. Ojo por diente, biblioteca de letras del exilio, plaza y Janés editores. Barcelona, 1985. todas las citas corresponden a esta edición.

      Edición paraguaya, Ediciones Servilibro, Asunción, 2007.

  1. León Cadogán. Ayvu Rapetá. Textos míticos de los Mbyá- Guaraní del Guaira, Saô Paulo, 1959

 

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2 comentarios so far
Deja un comentario

genial los escritos del maestro bareiro saguier, especialmente donde sus relatos hacen referencia a la guerra civil en paraguay, en una matanza sin sentido, en donde el color era más importante que cualquier otra pasión.

Comentario por alberto lugo

Una trayectoria de éxito que es avalada por un gran número de clientes del servicio satisfechos con nuestro buen hacer y dedicación. https://terrence9Reese43.wordpress.com/2016/11/14/limpiezas-de-obras-retirada-de-restos-y-desinfeccion-y-desratizacion-en-malaga/

Comentario por Ferne




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