Aula – Taller en Derechos Humanos por medio de la Literatura Paraguaya


ELVIO ROMERO, EL DE CORAZON DESATADO
20/05/2010, 12:51 PM
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                                                                                              Víctor-jacinto Flecha

 Mi entrañable amigo, el poeta Oscar Ferreiro, solía rememorar un encuentro que tuvieron, en Buenos Aires, Elvio Romero y Nicolás Guillén hacia 1947. Decía Ferreiro, en ese decir que le hace decir su lengua de Perú Rimá moderno, que Elvio llegó a la cita con Nicolás Guillén “con aires de poeta moderno” por lo cual no se había atado los cordones de sus zapatos. Dicen las malas lenguas que Guillén, con ese vozarrón de mulato que tenía, díjole a Elvio, “chico, por más procuración que pongas en no atarte los cordones de tu zapato, ello no te hará más poeta. Atáte los zapatos y desata los cordones de tu corazón. Eso te llevará a la poesía”

En el acto Elvio se ató los zapatos pero su corazón ya había estado desprendido mucho antes que conociera a Guillén. Invadido por la poesía andaba describiendo, casi como una pintura, prototipos del medio rural campesino paraguayo, como Lacu cara de santo o el cegador de alondras. Romero se diferenciaba por esa época de Campos Cervera por que éste describía prototipos sociales como el hachero, el campesino en tanto que Elvio nos pintaba un frontispicio donde cabían personajes rurales de más disímiles facturas.

Luego con los años, Elvio Romero, no va a hacer otra cosa que ir adentrándose, en la medida del tiempo, en ese mundo cuasi fantasmal y no por ello menos real de ese mundo pintado en su cuasi adolescencia poética.

El porque de las cosas, las exploraciones más profundas de esos seres anónimos, vendrán en diferentes libros y ensoñaciones. El exilio que cada día más lo va distanciando de ese mundo suyo le obliga afinarse, a saber olfatear, como los perros que han perdido su dueño, los recuerdos suyos y los de los demás para seguir memoriando y explicando el mundo que había dejado.

Romero no solo rastrea la esencialidad paraguaya en la contemporaneidad sino recurre a los orígenes, al lugar y a la cultura de los que provenimos los paraguayos. El “Libro de las Migraciones”, (1966) acaso su mejor libro, es un hermosa recreación del mundo mítico y mitológico guaraní. Esa búsqueda de la tierra sin mal a través del esfuerzo y el sacrificio pareciera ser el simbólico callado, solo visualizados a trasluz, de la tragedia paraguaya que seguía sufriendo la dictadura para llegar a la tierra sin mal de la democracia.

En  “Los innombrales” (1970) pareciera que el poeta expusiera, con el milagrerío de la palabra la comprensión sinfónica del por que de las cosas. Una explicación racional de ese mundo, una revelación totalizadora del mundo. El cambio gestado por la misma gente pareciera ser el centro a través del cual gira el mundo.

Después de la develación del mundo, el poeta comienza a acercarse a sí mismo, es como si quisiera desnudarse ante el mundo, descubrirse a sí mismo. “Destierro y atardecer” es un libro doloroso y esplendoroso testimonio de la soledad visceral del expatriado. Después vendrán otros libros pero el gran panorama de la contemporaneidad paraguaya ya está hecha.

De esta forma Elvio Romero ha testimoniado una vida entera entregada a la poesía. Elvio a llegado a 70 a ser un hombre con 70 balcones florecidos.

Elvio Romero. Los innombrables (1959-1973)

Tren con banderas


Era un tren con banderas

aquel tren de mi pueblo; un tren hermoso

como esos trenes hondos que aran la quemadura

de la imaginería popular; tren compartido,

mínimo y desolado por entre cordilleras,

por entre atajos, por entre donde brotan

los pañuelos de adiós del horizonte.

Era un tren con banderas.

Cuando avanzaba solo

como arisco alazán por la pradera,

era una clara y lenta respiración del aire,

centella imaginaria de luna y aguacero,

una fiesta ligera de infancia y de colores;

volaba el Viento Norte sobre sus ventanillas,

sus medas fulguraban sobre espuelas de rieles,

su silbido era un canto de pájaro de fuego.

La Cruz del Sur, caída,

viajaba en sus furgones. Y lo demás: los frutos

radiosos de la tierra; el violento verano

cernido en los maizales, los arrieros

de las fronteras, el grito seco de las plantaciones;

todo se acumulaba en sus vaivenes: la resolana de enero,

rostros cetrinos y guitarras hondas,

cántaros con serpientes, fugitivos callados,

embarazadas, brisas, bandoleros.

Era un tren con banderas.

El Paraguay entero

cabría en sus vagones, su violencia

y su encendida música; cabrían sus silencios

y su desamparado destino, el afán soterrado

de libertad, su cruz y sus crucifixiones,

la madera olorosa de sus montes cerrados,

su profunda y amarga masticación de muerte.

Era un tren con banderas

y ojos abrasadores; tren orlado

por historias de guerra y rebeliones,

tren cruzado de gritos altos y lejanías,

de sombra y naranjales; una llama

prendida sobre un vértigo dorado,

un tren de lumbre y alba sobre una tierra en celo.

Aquel tren de mi pueblo solitario y profundo,

¡era un tren con banderas!

 CANTO EN EL SUR

(fuente: http://atlasdepoesia.blogcindario.com/2006/08/00150-poesia-de-elvio-romero.html)

Esta noche, en el sur
me he mirado en tus ojos.

Soy como tú,
de piel morena, oscura, oscura,
con estrellas metidas por dentro
y por fuera sudor, cáscara ruda.

Tengo la sangre hirviendo
como un sinuoso trueno derramado,
tengo las manos ásperas
como herramientas duras y soleadas;
tengo los ojos lúbricos
como lúbricas raíces.

Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Te vi ayer en el Norte;
vi en el Norte lo mismo, el mismo
y primario dolor sobre los cuerpos,
el aguardiente galopando a sorbos
y lo demás lo mismo: el mismo
brazo sudando a contraluz sangrienta,
el mayoral que brama entre los árboles,
los mismos ojos sin calor, la misma
temblorosa epilepsia del sudor,
los mismos exprimidos,
¡los mismos coronados!

Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Soy como tú,
la misma turbulencia contra el mismo espejismo,
idéntico remando bajo la misma noche.

Conservo el sortilegio
de estas zonas arbóreas que me cercan;
tengo la risa ronca
y estas anchas tristezas.

De piel morena, oscura,
pisando en el calor exasperado

Tormenta

La noche ha sido larga.

Como desde cien años
de lluvia,
de una respiración embravecida
proveniente de un fondo de vértigo nocturno,
de un cántaro colorado
jadeando en la tierra,
el viento ha desatado su tempestad violenta
sobre el velo anhelante de la ilusión
efímera, sobre los fatigados menesteres
y tú y yo, en la colina
más alta,
en el rincón de nuestros dos silencios,
abrazados al tiempo del amor, desvelándonos.

Deja que el viento muerda sobre el viento.
Yo te cerraré los ojos

Casa cautiva

Esta es la casa; es nuestra.
Esta es su música; las exigencias todas
de la vida pasaron por sus habitaciones, por el ascua
quemante de sus fronteras; la locura de quienes emprendieron
una empresa más ancha que sus fuerzas, el sueño
que los fue desgarrando, esa sal escogida
que salpicó las llagas de su vasto martirio.

Es nuestra. Aquí resuenan
músicas melancólicas, instrumentos que exaltan
querencias y alegrías. Le pertenecen la quietud antigua
y los hechos sangrientos. Sus ríos, los espejos, recogieron despojos
de injuria y desventura (por eso es esta música); obsedieron
a sus hijos colores de aturdidos relámpagos, sus manos
apresaron los frutos de una infausta cosecha.
Su música es así. Descansa ahora
en un boreal tembladeral de pájaros, de plumas
amarillas, de crucifijos deslavados, rotos. Y es hora
de preguntarse ¿qué trajimos
para ungirla a un estado de habitación del hombre;
se habrá sentido, como cal viva en los ojos, la tribulación
de su destino? ¿Qué tembloroso cántaro
amasamos, qué súplica o trastorno,
qué empeño y asechanza para evitar la herida
de su piel, esa absorta mirada de sus ojos terribles
como una acusación? ¿Habremos, pues, cumplido
con el deber que hiciese merecer habitarla?

Es nuestra. Esta es su música. ¿Qué rencores oscuros
le habrán tejido esa circunferencia,
el halo que empurpura sus techumbres? ¿La enemistad
como un osario vano entre sus hijos? ¿El desconsuelo
de las cruces plantadas en su sueño y la obliga
a prosternarse a solas junto a su sombra rota,
a la intemperie, al umbral del orgullo que vela su infortunio?

A saco habrán entrado
en ella los Impuros, los cómplices
del ritual del crimen; habrán entrado a saco
con miserables máscaras que engendra la codicia;
habrán marcado un día trágico por sus muros.
trágico de fatalidad, espúreo
como el inicuo cuervo sobre el árbol desierto
en cuya raíz de hueso reposan los desnudos.
Su música es así, una cifra
de dulce acento humano, un anuncio
previo de acusación anudado a la rueda del destino
y al párpado de los muertos, melodía incesante en el desgaste
del desierto cubil, sonido desgajado
de un instrumento oscuro con imagen de reja y cautiverio.
Todo saldrá de aquí, de su piedra
y su polvo, de su migaja el pan, de su venero
verde la cosecha, de las estancias tristes la temblorosa noche
de la revelación y los rebeldes;
de aquí la sangre, el fuego, de los cuencos vacíos la mirada
final y salvadora, como un amor que brota
de madrigueras hondas de escarnio y menosprecio.

No habrá ya que olvidar decir su nombre
de música y quejumbre, ese nombre de selvas que prohijó
nacimientos,
muertes, inmolaciones, sea amarga sobre los labios,
del hombre; nombrarla en trance
marcarla a hierro lento en nuestros huesos;
a cada instante repetir su nombre (como triunfo o condena)
mentar esas señales remontadas a tiempos
de arcilla fatigada, de plumajes y tribus destruidas,
nombrarla siempre,
morder su nombre de sol inevitable
(como virtud o pecado), llevar su nombre en la carne
como esta lleva su corrupción, seguir nombrándola
y desvestirla toda con el rebozo intacto
de esa música dulce, inmemorial, desamparada música de un
anhelo insaciable.

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1 comentario so far
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muy bueno! siempre es bueno saber mas sobre uno de los grandes escritores de nuestro bello Paraguay

Comentario por camila cabrera




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